La cocina sin bobadas y los rorcuales
Decía Dee Jorge, ‘el grande’, holandés errante con barco en Hondarribia, iluminado tres veces en su vida, aquel mantra de “la cocina sin bobadas”.
Decía lo mismo un par de años antes (¿poligénesis?) con otras palabras Santamaría ‘el grande-grande’, una tarde después de hígados de salmonete entre la vida y la muerte (casi vivos) y de larga francachela, y del mejor orujo de sidra ‘arround the world’, en el paraíso asturiano de los Morán.
Rumiaba en su interior el ‘grande-grande’ aquella idea, escoltado y fecundado por el más dulce pero no menos rotundo caballero-a, Àngels, los principios fundacionales del libro aún no escrito, que después sería el la discordia, el de los versículos satánicos de los pucheros, el que fue aceptado con el mismo aplauso que las caricaturas de Mahoma. Entonces, revelado sin prisa y con tacto, sin palabras definitivas, en versión original, sin subtítulos y sin doblar, no sonaba extraño. Era puritita verdad, una pequeña revelación que parecía bajar desde lo más alto del Monte Horeb, donde a Moisés se le apareció Dios en forma de zarza ardiente que no se consumía. Lo que dijo no era sino otra formulación del mismo mantra: “la cocina sin bobadas”. Para los seguidores de esta religión los dioses viven en la tierra, la piel es lo que hace que el tambor suene así de profundo y para tocar el cielo con una mano no hace falta que la otra suelte la tierra, cuando se es suficientemente grande.
Luego se lió la que se lió, entre que uno dice lo que dice o parece que dice y otro lee lo que quiere leer, entre que uno es caballero y nobleza obliga y ‘antes muerta que sencilla’… y se mixturan los sentimientos puros con los otros que también son capitales pero más pecados que dones. Así que como esos chiítas en la festividad de Ashura, propios y extraños se hicieron cortes en el cuero cabelludo, se rajaron y dejaron que sangraran sus cabezas, para aliviar la ira.
Pero seca la sangre, siguió la vida. Más estrecha, que aprietan las carteras y se empiezan a conocer los doble ceros en muchas casas de comidas –más allá de los de las ostras-, pero vida, al fin y al cabo. Así que leyendo hoy al holandés de Hondarribia, me imagino la comunión de los grandes ese día, como si dos rorcuales aliblancos se reconocieran a 150 metros de profundidad, emitiendo sonidos casi primos y casi rozaran sus aletas mientras se mirán con esos ojos tan familiares (los de las ballenas son idénticos a los humanos, se lo prometo) y siguieran viaje nadando en busca del mejor krill por los mejores restaurantes-mares del mundo.
Lo bueno es que el encuentro de cetáceos es público, y trata de reparar lo que aquel día de Ashura ocurrió y no era bueno ni para tirios ni para troyanos.

